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Cuentos, poesías y algo más
UNA AVENTURA DE OTRO
MUNDO
Una fría y lluviosa tarde de
invierno, Julio estaba tirado en su sillón intentando
realizar una tarea, en la que debía contar alguna
historia fantástica. Decidió que lo haría luego, y se
recostó pensando en qué podría hacer para pasar el
tiempo en aquel horrendo día.
Julio, no era de aquellos niños que podían divertirse a
lo loco leyendo, mirando televisión o jugando en la
computadora; no, el era diferente, para poder
divertirse, el necesitaba acción, moverse y ese tipo de
cosas, que de ninguna manera podía realizar en un día
como aquel.
En un último intento de que se le ocurriera algo, Julio
se levantó y subió las escaleras de su casa, dobló a la
derecha por un estrecho pasillo e ingresó en su pequeño
y desordenado cuarto.
De repente, a Julio se le ocurrió mirar por la ventana,
y lo que vio allí realmente lo sorprendió. ¡Si fuera
había un gran sol que daba luz y calor al vecindario!
Pero luego se extrañó al continuar sintiendo las gotas
de agua caer sobre el techo de su habitación.
Esto intrigaba cada vez más al aburrido Julio (aunque
ahora no tan aburrido, porque había encontrado algo en
qué entretenerse).
Muy cauteloso, Julio se acercó a su ventana y la abrió.
La habitación quedó al instante iluminada, calurosa y
con rico aroma a flores de jardín.
Julio, decidió que era hora de investigar, por lo que
ingresó en la ventana, y se encontró en una extensa
pradera, y, al mirar atrás, vio la ventana de su
habitación.
Julio, que no era muy cuidadoso, comenzó a correr por
aquella pradera de un hermoso pasto color verde, que
brillaba a la luz del sol.
De repente, se encontró con algo no muy peculiar, o tal
vez no muy peculiar para él, ya que no le gustaban mucho
los animales y no podía reconocer a un lobo al
topárselo.
Para total sorpresa de Julio, el animal abrió la boca,
y, con vos muy grave, dijo:
Buen día, pequeño forastero, ¿de dónde eres?
Julio casi cae del susto, ¡aquello podía hablar! ¿Sería
un perro? ¡Pero si los perros no hablan! ¿O si?
Julio estaba cada vez más confundido. Al final decidió
que aquello no era un perro, pero sí podía hablar como
cualquier humano. Julio, pensando que estaba cometiendo
una estupidez, le respondió:
Eh… Pues, soy de Montevideo, ¿tú? Y… ¿qué es esto?
¿Esto? respondió el lobo Pues, “esto” no tiene
nombre, ¿para qué necesitaría un lugar un nombre?
Julio no supo qué responder, no sabía para qué le ponían
nombres a los lugares los humanos.
Luego de charlar un rato (Julio descubrió que aquel
lugar era enorme y una especie de “otro mundo”), el lobo
(llamado Shake) le dio un gran paseo por aquel
maravilloso lugar sin nombre.
Julio vio montañas, ríos, llanuras, montes, bosques y
muchas cosas más que ya las había estudiado en Geografía
en su mundo. También conoció a algunos amigos de Shake,
como ardillas, verdaderos perros, pájaros y más.
Realmente fue un gran paseo, pero también fue agotador.
Shake tenía una muy buena memoria para recordar los
lugares, por lo que al terminar el paseo, llevó a Julio
de vuelta frente a su ventana de la habitación.
Julio no quería irse, pero sabía que debía hacerlo, por
lo que se despidió de Shake, y le prometió que si algún
día se presentaba la oportunidad, volvería a visitarlo.
Julio caminó hacia delante, dejando atrás la gran
pradera y apareciendo nuevamente en aquel aburrido
cuarto.
Pero Julio ya no estaba aburrido. Bajó corriendo hasta
el living y recogió su cuaderno de tareas y comenzó a
escribir; ahora sí que tenía una muy buena historia que
contar…
Autor:
Emiliano Yaffé
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